
Si me conocés, sabés cuánto amo las Polaroids. Y si no, bueno—ahora lo sabés.
Tengo más de 2.000 fotos, pequeños fragmentos de tiempo que han viajado conmigo a distintos países y que ahora descansan en dos cajas en mi living. Entre ellas, hay un extraño grupo de fotos quemadas por el sol que “no le sirven a nadie”. Un paquete de película defectuoso, un momento que nunca llegó a revelarse del todo. Sacar fotos en Polaroid exige paciencia, asombro y, a veces, aceptar lo que podría haber sido pero nunca fue. Aun así, las guardé. "Algún día van a tener sentido," me dije. Y acá estamos, reclamando lo perdido, impulsado por todas las emociones que mis otras Polaroids me han hecho sentir.
"Inspired by the fear of being average” (“Inspirado por el miedo a ser del montón") es el temor a que mi memoria se vuelva insensible—que llegue a un punto medio en el que solo pueda imaginar a las personas en esas fotos en blanco, sin la profundidad, el calor o la lealtad que se merecen.
Así que llené los vacíos.
Se convirtieron en las flores que me hicieron sonreír, el café que me calentó las manos. Un barquito de papel cubierto de polvo que me recordó lo fácil que solían ser las cosas. A veces, fueron espejos que me obligaron a detenerme, o música que me hizo bailar. Se transformaron en sillas que me dieron descanso y en vinos que abrieron el espacio para conversaciones inolvidables.
Y, al final, se convirtieron en hogar—la certeza silenciosa de que siempre puedo volver.







