eco de la desigualdad

El cambio climático no impacta a todas las personas por igual. Lo sé, cerdos vuelan y cabezas explotan… parece obvio, pero créanme que no. En América Latina, la huella del cambio climático es más profunda para quienes han estado históricamente en la periferia del poder y del progreso. Estás personas enfrentan la crisis desde la primera línea, pero rara vez ocupan los titulares. 

La crisis climática no solo es una realidad física, sino también una crisis de información y de representación. El cómo contamos estas historias, qué imágenes mostramos y qué mensajes construimos puede determinar qué tan accesible se vuelve el tema para quienes aún lo ven lejano.

Una crisis distante para algunas personas, una realidad cotidiana para otras

Para muchas personas, la crisis climática sigue siendo un concepto abstracto. Es algo que se debate en conferencias, que aparece en informes técnicos, que parece lejano tanto en el tiempo como en el espacio. Pero para otras, es el presente: la sequía que mata cultivos, la tormenta que arrasa hogares, entre otras cosas —que quizá son mucho menores, pero generan desbalance.

Sin embargo, no todos enfrentan estos desafíos en igualdad de condiciones. Mientras algunas personas pueden adaptarse, otras quedan expuestas. Mientras algunas reconstruyen, otras se hunden en el despojo. Y en esa brecha es donde la desigualdad de género y la crisis climática se encuentran y amplifican.

Cuando todo colapsa, las personas más afectadas son…

En América Latina, la crisis climática afecta de manera desproporcionada a quienes ya enfrentan desigualdades estructurales. Las mujeres y niñas en situación de pobreza extrema son más vulnerables ante fenómenos climáticos extremos, ya que tienen menor acceso a recursos económicos, tierra, educación y sistemas de protección. En una emergencia, su capacidad de adaptación y recuperación es limitada, por lo que las brechas de género se profundizan aún más.

Las mujeres rurales, que representan una parte significativa de la población agrícola en Latinoamérica, dependen directamente de la tierra para su sustento. Sin embargo, muchas de ellas no poseen derechos de propiedad sobre las tierras que trabajan y tienen dificultades para acceder a asistencia técnica y financiamiento. Esto las coloca en una situación de mayor riesgo ante sequías, inundaciones y cambios en los ciclos productivos, afectando la seguridad alimentaria de comunidades enteras.

Cuando ocurren desastres naturales, las mujeres y niñas tienen más probabilidades de perder la vida o sufrir desplazamiento forzado. La falta de acceso a información temprana, barreras de movilidad y responsabilidades de cuidado no remuneradas aumentan su vulnerabilidad. Además, en contextos de crisis, la violencia de género tiende a intensificarse, dejando a muchas sin acceso a refugios seguros ni redes de apoyo.

Las personas LGTBIQ+ también enfrentan dificultades adicionales durante eventos climáticos extremos. La discriminación puede limitar su acceso a albergues y asistencia humanitaria, dejándolas en una posición de mayor inseguridad. También, el colapso socio-económico profundiza la exclusión social, dificultando aún más su recuperación.

En zonas rurales y comunidades indígenas, el impacto de la crisis climática es aún más severo. La pérdida de ecosistemas, la escasez de agua y el desplazamiento ambiental afectan directamente a quienes dependen de los recursos naturales para sobrevivir. Y su exclusión de las decisiones políticas y económicas las deja sin herramientas para enfrentar los cambios acelerados del clima.

La crisis climática no solo se mide en grados centígrados y niveles de CO₂, sino en vidas y desigualdades.

Esta no es solo una cuestión ambiental, es una cuestión de justicia. Es un problema social y político que nos involucra a todas las personas, y esperar que por milagro se arregle “(...) es como esperar lluvia en esta sequía, inútil y decepcionante,” como bien dijo Hilary Duff en La nueva cenicienta. 

Por el contrario, necesitamos la voluntad de defender derechos, proteger comunidades y garantizar justicia, porque cada acción cuenta. Exigir políticas inclusivas, amplificar voces invisibilizadas y fortalecer el acceso a recursos y educación son pasos concretos hacia un futuro más equitativo.

Si seguimos viéndolo únicamente como un problema ecológico, ignoraremos a quienes más la sufren.

Frente a esto, el silencio no es una opción. Contar estas historias, visibilizar estas realidades y generar conciencia no es un acto menor: es una herramienta de cambio. Porque lo que no se nombra, no existe. Y lo que no existe, no se resuelve.

La crisis climática no es solo un desafío, sino también una oportunidad para reconstruir nuestras sociedades con mayor conciencia y solidaridad.

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